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10/4/2011

La parábola del niño y la comisión

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José Landi
La Voz

De todo lo dicho y escrito sobre las actividades del hijo de Manuel Chaves -durante la I Puñalada Popular del PSOE, celebrada esta semana-, lo que más sorprende es algo completamente legal y teóricamente admisible.

De todo, lo que más impacta es que Iván Chaves tenga como actividad laboral la de ‘comisionista’. Aunque su vida habrá estado lejos de ser común, por el cargo de su padre, es cierto que habrá tenido todas las oportunidades educativas imaginables para dar forma a cualquier vocación. No digo que fuera un artista excelso, un deportista ejemplar porque el talento y la genética jamás pueden exigirse a nadie. Pero cabe lamentar que haya desaprovechado los mejores colegios, una juventud plácida en lo material para haber perfeccionado cualquier profesión de carácter técnico, científico, para la que se precisa, sobre todo, constancia, perserverancia.

Todo esto no habría sucedido si ejerciera como veterinario, perito, chef o astronauta… Y a poder ser, fuera de Andalucía, lejos de cualquier sospecha de ventaja. Porque el hecho de que el hijo del hombre que más tiempo ha sido presidente de la Junta sea ‘comisionista’ y trabaje en la tierra que su padre gobernó da pie a cualquier deformidad. Es una anomalía en sí. Nos retrata a todos, a su padre y a los demás, a la comunidad, a la autónoma y a la otra, con crudeza despiadada. El boceto es deprimente.

El propio Iván Chaves aseguró el viernes en un texto público que, en realidad, es «consultor estratégico centrado en la mejora de la posición competitiva de empresas». O sea, comisionista, intermediario. Viene a ser como si el hijo del bombero más veterano de la ciudad sale dinamitero. Ilustrativo. Y triste.

¿Cómo va lo nuestro?

Pero a la vista del comportamiento de sus mayores durante los últimos seis días, cualquier consideración sobre el posible comportamiento de Iván Chaves solo puede entenderse como una consecuencia inevitable. Los dirigentes socialistas encabezados (con perdón) por su padre han tenido 30 años -en los que algunos no han perdido protagonismo ni capacidad de gestión un mes siquiera- para conseguir que Andalucía se acercase a los niveles sociales y económicos de todo lo que cae al norte. Aunque algunos progresos son innegables, los demás han corrido más y a esa distancia no le han recortado ni un metro. Y han tenido tiempo. Mucho. Y millones de fondos integradores. Más.

Ahora, a la vuelta de tres décadas, cuando ya nadie tiene fondos, cuando la menor obra es una utopía, confirman que todas las inercias se han frenado excepto las del interés propio, que todas las herramientas están oxidadas menos sus prestigiosas y veteranas navajas.

La imagen regalada por la Junta en Cádiz esta semana es que su gestión se paraliza (Ciudad de la Justicia, nuevo hospital, rehabilitación de infravivienda, Tiempo Libre, Puerto América…) pero sus luchas internas siguen tan vigorosas como siempre. Tanto como en el congreso regional de hace un año, cerrado en falso para permitir 12 meses más de distracción, de desperdicio de tiempo y energía en duelos versallecos.

Da igual el Bicentenario inminente si a Gabriel Almagro se la tenían jurada por no se sabe qué. No importan las gestiones que se atrasen, más, con tal de provocar la salida de Pizarro, que antes le hizo lo mismo a otros. Nadie conoce los proyectos actuales de Diputación (excepto el de Valcárcel, que llevaba el ‘ascendido’ Menacho) pero todo el mundo tiene claro que Cabaña pretende presidirla cuatro años más contra la voluntad, reiterada, de sus jefes.

La alternativa improbable

Dicen que el busto de Pablo Iglesias que estaba en la Barriada de la Paz fue mangado por alguien que quería encerrarlo y ahorrarle la contemplación de todo eso. La semana ‘horribilis’ del votante gaditano tuvo su inicio con el anuncio de ZP.

Esa renuncia, tan previsible como lógica y habitual en cualquier democracia del hemisferio norte occidental, ha desnudado -aún más- a una derecha nacional, de gran aparato periodístico, que da pánico, que presume de «odiar» a su oponente político, guerracivilista, que mezcla curas con merinas, opaca, faltona, que ridiculiza hasta el insulto a cualquiera que le usurpe su hereditario derecho al poder, adquirido en las élites educativas que aún mecen la cuna. Ha transmitido a gran cantidad de ciudadanos menores de 40 años una ira que les mantiene en la década de los 70. Congelados. Preparados.

En manos de un partido que incluye a esa gente (afortunadamente, no toda), van a dejar a los votantes sin carné y a los ciudadanos unos veteranos socialistas que han tenido 30 años para aprender a irse antes de que les echaran. Antes de echarse entre ellos.

La lista del PP

En la ciudad de Cádiz, donde los populares ofrecen una imagen algo más moderada, el PP ha dado a conocer su lista. Con ella arrasará a ese PSOE herido por una endogamia venenosa que atraviesa administraciones, que confunde cargos orgánicos e institucionales, que debieran ser incompatibles hace años.

Ese omnipotente PP, aquí, curiosamente, parece querer imitar el peor defecto de sus oponentes andaluces. La candidatura de Teófila Martínez parece diseñada para hacer pensar que volverá a ser candidata en 2015, que tampoco sabrá irse, que insistirá hasta que su etapa sea tan larga que se confunda con un régimen, como el de los socialistas andaluces, por extenderse sin cambios, autocrítica ni relevos más allá de 20 años. Hasta que las debilidades, desviaciones y manejos de su mano derecha, de ese otro hijo (en este caso figurado, falso, solo de partido) se convierta en un insoportable reguero de escándalos.




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