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7/3/2010

Una vida entre puntales

Inicio > — josegalindo @ 10:22 am :: 4256

Decenas de familias gaditanas siguen condenadas a vivir en una infravivienda en pleno siglo XXI. El Cádiz infrahumano e indigno sigue ahí fuera, al lado de pisos de lujo y de rehabilitaciones millonarias para un Bicentenario, que ha tomado la delantera en el capítulo de prioridades de los propietarios y Administraciones. A ellos nadie les hace caso, a pesar de que sus ruegos sirven para llenar los programas electorales de partidos políticos interesados en captar el voto de sus esperanzadas víctimas.

Una década de lucha no ha sido suficiente para la Junta de Andalucía y los vecinos tendrán que seguir enfrentándose a esta lacra social más allá del año 2012, la fecha que sigue manteniendo la Administración autonómica para acabar con ella pero cada vez parece más improbable. La falta de presupuesto en las arcas autonómicas ha vuelto a repercutir en la misma víctima, que tendrá que seguir lavándose en palanganas y orinando en cubos durante muchos años más.

Cuatro de las familias que viven este drama relatan, en primera persona, cómo es su día en día en hogares intolerables y condiciones indignas para cualquier ser humano.

Juan Vargas
Vecino de la calle Botica, 17

El profundo deterioro de la fachada, la ausencia de electricidad y la acumulación de escombros en la puerta hacen impensable que en este edificio de la calle Botica, 17 vivan personas. Sin embargo, los ruidos tras la puerta de una de las viviendas delatan la presencia de alguien. Juan Vargas responde a la llamada y abre una endeble tabla de madera que hace la función de portón. Parece que va a salir a la calle porque lleva puesto un chaquetón, pero confiesa que lo utiliza para combatir el frío y la humedad que se cuela de lado a lado de la vivienda calando los huesos del que se atreve a entrar en su interior.

El salón es una inmensa habitación con escasos muebles y, en el centro, se forma un gran charco de agua que cae desde el techo a causa de la incesante lluvia que azota desde hace semanas la ciudad. Para ver la cocina y el aseo hay que salir de la vivienda y cruzar un pasillo que está a la intemperie. En la misma sala se encuentra un pequeño hornillo y una bañera estropeada, donde antes se lavaba este vecino. «Ahora siempre almuerzo y me ducho en casa de mi hermana porque aquí es imposible», apunta Juan, que ni siquiera se lamenta de esta situación infrahumana que incluso le cuesta 100 euros al mes. La asume sin protestar. «¿Y qué hago si no?», pregunta.

Mercedes Rodríguez
Vecina de la calle Mirador, 17

Mercedes Rodríguez, una vecina de la calle Mirador, 17 también comparte esta dolorosa forma de vida. «Las necesidades las hago en un cubo que tengo al lado de la cama», comenta la señora de 80 años con una resignación que hiela la sangre. Su vida es enfrentarse a diario a un sinfín de inconvenientes. Su retrete comunitario es demasiado alto y, por eso, ni siquiera lo puede utilizar. Tampoco tiene la posibilidad de poder ducharse y su aseo pasa por una palangana de plástico que utiliza casi a diario para lavarse como puede. «Cambio el agua tres o cuatro veces porque soy pobre pero limpia». No hay duda alguna. Sus apenas 20 metros de casa lucen y huelen de maravilla. Allí pasa gran parte de su tiempo, ya que salir a la calle es, para ella, toda una odisea y los 30 escalones que le separan del portal se han convertido en una distancia casi insalvable.

«Aquí llevo mis 86 años de vida y he visto morir a mis padres y a mis hermanos pero si me dieran una casa en otro lado me alegraría lo que me queda de vida y podría ducharme como Dios manda», asegura la anciana.

María de los Ángeles Gutiérrez
Vecina de la calle Sopranis, 6

La historia de los que viven en este otro Cádiz de la vergüenza también tiene a otros protagonistas en el número 6 de la calle Sopranis. María de los Ángeles Gutiérrez sortea los puntales que inundan cada rincón de su inhóspito hogar, aquél por el que ha perdido la poca dignidad que le queda. Los boquetes son elementos predominantes en todos los techos, por donde se mete de todo. «La casa cruje a cada momento y me da mucho miedo porque sé que algún día se va a caer», asegura. No sería la primera vez que le ocurre un episodio de este tipo, pues durante el tiempo que lleva residiendo en esta vivienda ya se le han caído los techos en dos ocasiones. «La última vez me cayó encima una arenilla y salí corriendo. Menos mal que corrí hacia adelante porque si lo hago hacia el otro lado no lo hubiera contado porque el techo se cayó», recuerda.

Manuela Lázaro
Vecina de la calle Sopranis, 6

Su vecina, Manuela Lázaro también comparte el mismo problema y también ha padecido la caída de uno de los techos de su casa. Como casi siempre ocurre en estos casos, la suerte les acompañó y no hubo que lamentar víctimas. «En ese dormitorio había una cama justo debajo del techo, pero en ese momento nadie estaba acostado», relató. Las filtraciones de agua conviven también durante el invierno con esta familia.

Publicado por Nuria Agrafojo (La Voz de Cádiz)




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