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26/10/2008

«El centro de Cádiz de ahora no tiene nada que ver con el de hace cinco años. Está incomparablemente mejor»

Inicio > — josegalindo @ 8:21 am :: 3534

La ciudad bipolar se despierta cada mañana y decide. Los días pares se considera el epicentro del universo, perfumada por todas las culturas, la más ingeniosa en el mejor cruce de caminos de la Historia; los impares, se siente vieja, periférica, alérgica a la prosperidad, viuda del futuro, dejada de la mano de todos los que la conquistaron sin desenvainar la espada.

Los gaditanos se debaten entre dos mentiras y cualquiera de ellas ancla su desarrollo. La primera es la gran depresión colectiva que dibuja a sus habitantes como gente que arriesga poco (o nada) y siempre depende de los demás para, al final, cobrar menos. Es una mentira con ropajes de realidad en forma de paro masivo, industria vaciada, turismo en pañales y funcionariado omnipresente. La segunda mentira es peor por cuanto el peligro se agazapa tras una sonrisa: es la satisfacción del que necesita menos ya que la pausa, el clima o la geografía le condenaron a una vida mejor que la del resto con la dotación material mínima. Y claro, lo más importante es vivir.

El casco antiguo de Cádiz, esa plazoleta grande, sufre o resume como ninguna otra zona de la ciudad ese vaivén. ¿Decrépito o pujante? ¿Claustrofóbico o delicioso? Los encadenados procesos de rehabilitación de fincas, la promesa del turismo, la competencia de los centros comerciales, la presunta crisis, las grandes obras coincidentes y, sobre todo, el omnipresente horizonte de 2012 empujan al centro de Cádiz a definirse.

Pero un paseo sobre el terreno contradice el prejuicio y ofrece un inesperado optimismo. Esperanza en tiempos de miedo. Ánimos con la que está cayendo. Resulta que hay negocios flamantes y prósperos donde hace un lustro sólo había casapuertas descolgadas; hay jóvenes hablando de posibles ganancias donde los más agoreros esperan ancianos a punto de echar la última baraja; hay pioneros que lideran un movimiento sordo (excepto cuando ponen la música a toda voz) que, visto más de cerca y con los libros de la economía en la mano tiene hasta lógica: una cuarta parte de la población gaditana tiene entre 25 y 40 años, y el grupo de los veinteañeros es el más numeroso, con diferencia, de toda la población, según el Instituto Nacional de Estadística. Lo que quiere decir que la demanda está ahí, que la oportunidad existe. Que la prosperidad es posible en Cádiz.

Goya y Barrio Sésamo

Una cuarta parte de los gaditanos son más de 30.000 personas. Son los que crecieron con Barrio Sésamo y que suspiran por una camiseta con la orondez de Naranjito o un chándal a rayas. Es la moda vintage, una forma más de calificar la melancolía. Es también una actitud de vida. Los treintañeros de hoy ya tienen su trabajo (mejor o peor) y no desprecian el cazón en adobo, aunque han visto en la televisión que los restaurantes y los bares de tapas no tienen por qué oler a fritanga y estar decorados con almanaques del Cádiz del ascenso. Hay público para todo, pero hasta hace muy poco no había lugares para todo el público.

Los opuestos conviven con naturalidad en ciertos rincones de Cádiz. Calle Rosario, por ejemplo. Una tienda decorada con vanguardistas diseños (en la que cada viernes pincha un DJ de moda) linda, pared con pared, con la Santa Cueva. Los frisos de Goya y las Siete Palabras de Haydn están separados por un metro de muro de los logotipos más caros y brillantes de Adidas, Nike o Puma.

«El comercio en Cádiz no arriesga, no apuesta por la innovación; nosotros nos lanzamos hace 15 años y nos ha ido bien. Hace tres abrimos una segunda tienda y hemos tenido que ampliar plantilla. A nosotros nos ha salido bien. Merece la pena», resume Eva, una de las responsables de las tiendas Absolut, de ropa deportiva a la última, con locales en San Pedro con Valverde y en esa calle Rosario, exactamente junto al templo.

Ella y su compañera Susana le dan la primera tragantada al pesimismo sobre el futuro comercial del casco antiguo. «Muchos de los que arriesgan salen para adelante, pero hay que atreverse. Nosotros estamos vendiendo casi lo mismo que en otoño de 2007. No notamos la crisis. El centro tiene mucho movimiento, mucha vida, es un placer comprar por aquí, yo disfruto cuando lo hago. Pocos centros históricos en España tienen tanto encanto y tanta oferta». Y se queda tan ancha, en la capital mundial del derrotismo.

Asegura que su clientela preferente es «la gente de aquí», pero agradece «que cada vez haya más erasmus, que compran mucho. A los de los cruceros, en cambio, ni verlos. Desmontan toda la tienda y no se llevan nada», asegura Eva.

Su ilusionante discurso se ve truncado cuando analizan la oferta de ocio y la vida nocturna de Cádiz, que no parece bailar al mismo compás que el comercio: «Ahí sí que hay muy poco o no hay».

Ejemplo de todo

José comparte uno de los vértices de la modernidad gaditana, la esquina entre San Pedro, Beato Diego de Cádiz y Valverde. Es el dueño de la tienda El Indiégena, que se ha hecho popular entre gaditanos que van de los 15 a los 40 años. Vende camisetas osadas, con mensajes políticamente incorrectos, mitomanías de cine y logos que resucitan esa infancia añorada. Ya tenía un local en La Laguna (que triunfa pese a su recóndita ubicación) y hace dos meses, en plena plaga de temor económico, se ha instalado en el centro histórico.

De forma sorprendente, su discurso tampoco está lleno de quejas ni temores. Sus argumentos se resumen en algo tan sencillo como que le fue muy bien en un local escondido y, por lo tanto, en una arteria comercial sólo puede ir a mejor. Niega la mayor de que Cádiz esté muerto. Y reconoce que se decantó por Valverde «porque hay muchas tiendas modernas y entre todos nos podemos beneficiar del mismo tipo de clientes». El efecto imán de la prosperidad.

Para colmo de los agoreros, cree que su gesto no es aislado: «Cádiz se está abriendo. Hay mucha gente de paso que trae fuerza, que sale y se mueve a diario. Están los erasmus, están los estudiantes de Ciencias del Mar, los turistas… parece que la ciudad se vuelve más joven».

En la calle, entre maniquíes desnudos y amarillos, las vecinas vuelven del mercado, arrastrando por igual perros sin raza y carritos repletos. Enfrente de la tienda de José, un tocayo 30 años mayor, Pepe, está encantado de la vida que han traído los modernos al barrio y del efecto que ha supuesto para su frutería. «Siempre es mucho mejor tener gente que mirar escaparates vacíos y tiendas cerradas», argumenta, casi orgulloso de que estén a punto de abrir varios negocios más en esta nueva milla de oro de la modernidad gaditana.

De tapas

Como no hay centro comercial sin descanso del comprador, la restauración tiene mucho que decir en este proceso renovador. Nino, uno de los dos responsables de La Gorda te da de Comer, con locales en General Luque y Rosario, es un radical de la esperanza. «El centro de Cádiz de ahora no tiene nada que ver con el de hace cinco años: está incomparablemente mejor. Cuando abrimos el primer local en 2000 todo el mundo nos decía que estábamos locos y eso que no había apenas sitios para comer en el centro. Había que irse a La Viña o al Paseo. Se llenó el primer día y no ha dejado de llenarse».

El hostelero asegura que hay rentabilidad y un público para el que ofrecen algo nuevo y que gusta. Sabe de lo que habla, dado que antes de instalarse en Cádiz fue el responsable de Pizza Hut en Andalucía. La franquicia no funcionó en el Paseo Marítimo, pero sus bares pop, con cocina asequible pero creativa, con exposiciones temporales, registran llenos a diario, en laborables, festivos y vísperas, en las cuatro estaciones. Es un éxito crónico.

Tampoco es que la fortuna sonría a todos. El local que ahora se abarrota, el antiguo bar El Pescador, no cuajó cuando lo ocupó la franquicia de pinchos Lizarrán ni cuando pasó a llamarse Ave Gades. El renacimiento comercial del casco antiguo sólo beneficia a los que conectan con el público desde el principio con una oferta novedosa, perseverante y atractiva.

Su caso, y el de otros que menciona en la calle San Francisco, en Plaza de Mina, Candelaria o Mentidero, le lleva a pensar que «incluso se ha producido un cambio de hábitos del público; antes se salía en invierno por el casco antiguo y en verano, por el Paseo; ahora hay gente en el centro todo el año y hay muchos sitios en los que comer».

El ejemplo de El Pópulo

La modernidad bien entendida y desarrollada de Susana, Eva, José y Nino ocupa pequeñas islas en ciertas zonas del centro. Aquí y allá. Todos ellos, sin embargo, miran hacia un barrio a la hora de pensar en el ejemplo a seguir. Se trata de El Pópulo. Su historia comienza cuando el comercio moderno, joven y arriesgado lo pone de moda. La presencia de público atrae a más comerciantes, que impulsan con su dinero y sus legítimos intereses la reforma de fincas y locales. El círculo (virtuoso, más que vicioso) provoca finalmente la regeneración socioeconómica de sus calles.

La historia de El Pópulo es sólo la primera y Santa María y Candelaria son los siguientes candidatos a emular su aventura. Casi siempre, los que se atreven nacieron en Alemania, Italia o Madrid… pero se quedaron prendados de Cádiz.

El amor les sobrevino por «una ciudad que presenta una uniformidad muy difícil de encontrar en otro sitio», explica el arquitecto Tomás Carranza, que destaca el trabajo de «las administraciones para recuperar poco a poco los barrios deteriorados». Primero vino la simple decencia, la eliminación de la infravivienda. «Después ha venido el resto, la recuperación paulatina del concepto de la ciudad», conviene el profesional gaditano. Lo que no quiere decir que haya un resquicio para el atrevimiento respetuoso, como pueden significar la Casa del Plátano o el proyecto EntreCatedrales.

Primera escala

La calle Plocia y, más recientemente, Sopranis son los motivos para soñar con que Santa María, el barrio más degradado, abandonado y maltratado de intramuros hasta hace un lustro, pueda resucitar como su hermano, el del otro lado del Arco de los Blanco.

Cinco jóvenes gaditanos abrieron hace dos años Sopranis, un precioso restaurante con generosas barras que une vanguardia y tradición en su diseño. Susana, su encargada de sala, admite que la trayectoria es buena pese a los últimos vientos de crisis. Con un lenguaje sencillo, admite que iniciativas como el restaurante en el que trabaja «ayudan a mejorar el ambiente de un barrio que está luchando mucho».

Medio centenar de metros más arriba, con Santo Domingo ya en el horizonte, aparece el último y nuevo prodigio de valentía. Sergio habla de Rayuela, el restaurante de comida latinoamericana que abrió hace dos meses con su hermana y su cuñado. Los dos primeros son madrileños, el último, colombiano. Llegaron de Londres con mucha experiencia y apostaron por la ciudad «de la que estaban enamorados». Ha escuchado hablar del difícil pasado del barrio, pero confían en su recuperación. Rayuela está donde está porque sus propietarios sueñan con que la zona se convierta en un núcleo de restaurantes especiales que complemente los bares de copas no menos especiales de El Pópulo.

Hay virtudes, hay negocios, hay emprendedores y, sorpresa, parece que hay vida joven en el casco antiguo. Los que se atreven dicen que ganan. Los que se quedan en lo de siempre y son más pesimistas lo pasan peor. Todo un mensaje para analizar el futuro de un centro por el que se ha llorado (y se llora) mucho o demasiado. Las lágrimas alimentan muy poco.

Publicado por Álex Medina/José Landi (La Voz de Cádiz)




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