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13/7/2008

Adolfo de Castro: La Horca de los Franceses se prepara para el Bicentenario

Inicio > — josegalindo @ 8:07 am :: 3321

Antes de la invasión inglesa, existió un molino de viento llamado Campo de la Jara. Aún se conserva el recuerdo de éste en la placa, ya gastada por el paso del tiempo, que se encuentra junto al nombre que después tomó esta calle. A este molino alude la licencia de 1.674, dada por el príncipe de Montesarcho, para continuar labrando en nueve sitios o suelos contiguos al molino, que años atrás había comprado al maestro de campo don Antonio de Céspedes.

Su primer nombre fue Horca de los Franceses, en 1550. En 1718 ya se le llamaba Molino de Viento, para luego, en 1855, pasar a nombrarse Julio César, volviendo de nuevo a llamarse Molino. En 1899 se le puso el nombre de Adolfo de Castro, en recuerdo del polígrafo, erudito y cervantista gaditano, nombre que conserva actualmente esta calle.

El recuerdo del Molino aún queda vigente en la panadería del mismo nombre. Francisco González la heredó de su padre, quien durante 35 años trabajó en el obrador. La bollería se construyó hace ya cerca de un siglo en el lugar que ocupaba el antiguo molino. Francisco enseña con orgullo unos documentos que encontraron unos estudiantes en la Biblioteca Municipal. En ellos se habla de una panadería de la calle Adolfo de Castro que participaba en los festejos carnavalescos del año 1916. Y es que la panadería ha pasado por varias manos antes de llegar a las suyas. Primero Juan Castellano (dueño también de la panadería La Torre). Después un madrileño y, por último, su padre.

La panadería es artesanal, una de las pocas que aún quedan en Cádiz. En el obrador todavía se conserva un horno de piedra. Pero como las tecnologías evolucionan, han tenido que cambiar la clásica leña por el gas, con menos encanto, pero más práctico en estos tiempos que corren.

El sabor añejo aún se deja notar en el establecimiento al igual que ocurre en el resto de la calle. Francisco vive en el mismo edificio que la panadería, lo que le permite estar constantemente muy cerca de su lugar de trabajo cuando está en casa y del sillón del sofá mientras hornea el pan.

Fabrica pan y lo suministra a diversas tiendas. Pero la vida presurosa que se lleva hoy en día y los supermercados han hecho que el pan prefabricado esté dañando enormemente a las panaderías artesanales.

Un poco más adelante se encuentra la tienda de ultramarinos El que faltaba. Durante 25 años Felipe Sánchez ha abastecido de alimentos a los vecinos, pero ahora, básicamente se ocupa de vender fruta porque los grandes almacenes han mermado esa parte de su negocio.

Junto a la frutería existe un bar del que se encarga Felipe. Allí un grupo de vecinos se reúne para jugar a las cartas y beber unos vinos. La mayoría de ellos ha vivido siempre en Adolfo de Castro y todos coinciden en que la calle ha cambiado poco desde que la recuerdan.

Presidiendo el pequeño bar, un cuadro de hace más de cuarenta años recuerda cómo eran los hombres. Entre copa y copa emerge de sus memorias el recuerdo de uno de los vecinos que se embarcó hace ya muchos años. Éste era temido en la calle porque a su regreso siempre moría alguien.

La calle está repleta de esas típicas casas de vecinos que inundan el casco antiguo de Cádiz. En el número 11 vive Juana Otero, que lleva más de 30 años en el lugar. La vivienda fue antes un colegio de niñas, para luego pasar a convertirse en una cámara de comercio, de ahí la extraña estructura del edificio.

La peluquería Alameda es uno de los establecimientos que ha aparecido en los últimos años, aunque con anterioridad fue una peluquería de señoras. El dueño, Rafael Núñez, destaca en la calle los mismos problemas de los que se quejan los vecinos de toda Cádiz, la suciedad.

En mitad de Adolfo de Castro, la plaza de Oca rompe la linealidad de la calle. El garaje era antes una cuadra de caballos, que pertenecía a Agustín Blázquez, el primer alcalde de Cádiz durante la dictadura de Primo de Rivera. En la misma plaza también estuvo durante más de 60 años la Carpintería Mateo, que se encargaba de arreglar las mejores carrocerías de Cádiz.

La plaza se llamaba Lola de Membrives, en recuerdo a una famosa actriz argentina y luego le volvieron a poner el nombre que tenía anteriormente: plaza de Oca. Rafael Pidales, que vive en la plaza, llegó con 21 años a Cádiz y ya lleva más de 40 en ella. Él aún recuerda cuando «el suelo era todavía de chinas, de piedrecitas y no de adoquines, como está actualmente».

Antonio Tienzo es otro de los vecinos que lleva más tiempo viviendo en la calle. Durante todos estos años la vía ha cambiado poco, han cerrado algunos establecimientos como la Recova Victoria, pero su esencia sigue siendo la misma.

Como todas las calles del Mentidero tenía mucha vida, y con la peña El Molino se convirtió en una calle muy carnavalesca, aunque está ya cerrada. La zona estaba rodeada de imprentas, carpinteros y mecánicos, y la misma galería era antes una rotativa. Actualmente, como comenta Carmen Romero, la directora de Kiki Fotógrafo, «es una calle muy tranquila, ya que no hay tráfico. Con unas calles muy bien conservadas, excepto al final». Y es que en el último tramo están derribando varias casas para construir nuevas viviendas, aunque también se están rehabilitando el número 14 y el 21 de la calle. La galería lleva abierta desde hace dos años y es la única de fotografía de Cádiz. La primera imprenta que hubo en el local era del padre del célebre alcalde Fermín Salvochea.

Cerca de Adolfo de Castro se rodó la película Aris, sobre la vida del multimillonario griego Aristóteles Onassis. Algunos vecinos aún recuerdan a los actores que pasaron por la calle y toda la algarabía que se formó en torno al rodaje. En la calle vivió hace ya muchos años, en 1813, Ramón Power y Giralt, quien fuera diputado por Puerto Rico y vicepresidente primero de las Cortes de Cádiz, como recuerda una placa.

Publicado por Cristina López (La Voz de Cádiz)




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