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21/10/2007

Sacramento: Olor a empanadas, medicamentos y fruta

Inicio > — josegalindo @ 7:41 am :: 2722

Caminar por la calle Sacramento al mediodía y no claudicar ante el aroma a empanadas recién hechas es tarea difícil. Sin embargo, pocos de estos afortunados que deleitan su paladar sobre el mismo mostrador saben que detrás de cada empanada hay un proceso laborioso y de largas horas. A las siete de la mañana, «cuando aún no están puestas las calles», Fresia y su hija Berenice, dos mujeres naturales de Santiago de Chile, abren el enrejado de su tienda para encender el horno y preparar la masa con la que elaborarán las típicas empanadas chilenas que contienen carne de ternera. Un producto que se consume mucho en las Fiestas Patrias del país andino. «Llevamos siete años con el servicio a domicilio y ya contamos con muchos clientes entre los que destacan tiendas de alimentación, panaderías y teterías», aclara la simpática joven de 29 años de edad.

Fresia, sin salir de la cocina para no perder tiempo, reconoce que el negocio va tan bien que no tiene mano para hacer más empanadas, especialmente «en época de Carnaval en donde se llegan a vender 900 empanadas diarias». Artesanales empanadas de ternera, atún, pollo, chaparrita (jamón, queso y piña) y margarita (tomate, queso y orégano).

Calle arriba, se encuentra Confecciones Bilbao, uno de los establecimientos más antiguos de la calle. Allí, Ángel Bilbao Rodríguez, el propietario, despacha a Carmen, una clienta entrada en años, de esas de toda la vida. «Llevo 43 años detrás del mostrador. Empecé con sólo trece años como aprendiz en La Cabra, una tienda de confecciones del sastre Julián Lluch, barriendo el suelo con serrín mojado y limpiando los cristales con polvo de tiza y un diario», detalla con nostalgia al recordar esa época.

El secreto de que Confecciones Bilbao haya perdurado en el tiempo reside en haberse adaptado a las diferentes épocas. «Hemos tocado todos los palos, confección de caballero, señora, niños, intenerior, exterior, hogar, paquetería, etc. El comercio está fatal porque estamos en la punta del barrio y hay que ir cambiando. En el centro vende un tonto», comenta sin afán de desmerecer a sus compañeros de esa zona.

Por eso, entre otras cosas, Bilbao confiesa tener ganas para jubilarse - «me faltan nueve años, cada día que pasa lo cuento y pienso un día menos», dice sonriendo-, pero sabe que lo que más echará en falta es «el contacto diario con el público» que tan buenos resultados le ha proporcionado en el negocio. Una valiosa cartera de clientes integrada por tres generaciones: «padres, hijos y nietos», dice.

Bilbao también recuerda la época en que se cobraba a plazos el género. «Teníamos un libro en donde anotábamos todas las cuentas pendientes que luego íbamos casa por casa cobrando. Eso fue del año 1969 a 1980. Luego, con la creación de las tarjetas de crédito de los bancos, esto ya no tenía sentido», afirma mientras enseña unas batas a otra clienta que acaba de entrar al establecimiento.

En el punto donde se ‘besan’ las dos calles más largas de Cádiz, esquina Sacramento y Sagasta, se encuentra la centenaria farmacia Manuel Gallardo Jiménez. Un establecimiento dotado de sótano que antiguamente fue sede de los laboratorios Vascuñana. «La calle ha perdido vida, pues los únicos vecinos que quedan son personas mayores. La única juventud proviene de la Universidad y del colegio San Felipe», matiza José Muñoz, el farmacéutico.

La frutería Chico, casi al final de la calle, también tiene su particular historia ya que su propietario Francisco Franco nació en la frutería de su padre y «fue pesado sobre la misma báscula de la fruta», cuenta con gracia su mujer, Antonia García, mientras él asiente con la cabeza y agrega: «Con un nacimiento así no podía dedicarme a otra cosa. Llevo aquí 34 años, además en mi familia somos todos fruteros, mis hermanos y mi cuñada».

Al igual que Muñoz, el farmacéutico, Franco considera que «se ha perdido mucho público en la calle debido a la rehabilitación de las viviendas. Hay mucha gente mayor. Antes estábamos rodeados de militares, en el Campo de Sur, en el parque en la Caleta y la Escuela Castrense, todo eso daba mucha vida al barrio».

Asimismo, la frutería Chico tiene otra particularidad. «Es la única que no cierra al mediodía y está abierta hasta las diez de la noche», comenta Josefa Prieto, una de las clientes.

Bolea y su estanco

Francisco Franco comenta otra curiosidad de Sacramento. «Ese estanco (señala frente a su establecimiento) también lleva toda la vida y la finca es propiedad de Adolfo Bolea Sanz, el que fue jugador y entrenador del Cádiz», detalla. Entre cajetillas de tabaco, Virginia, la dependienta, confirma que el ex futbolista catalán siempre compra tabaco ahí. «Hace unos minutos ha estado aquí. Vive aquí a la vuelta».

Minutos después el mismo Bolea explica porqué se quedó residiendo en Cádiz. «Vivo aquí desde que me atrapó mi mujer que es gaditana», dice riendo. «Toda mi familia es de aquí, mis hijos y nietos. Son muchos años y ya me considero un gaditano más. Me encanta esta ciudad y su gente», comenta mientras apura un cigarrillo en el seno de su hogar. El reloj marca las dos de la tarde y fuera, en la calle, los comercios empiezan a cerrar.

Publicado por Jesús M. Villasante (La Voz de Cádiz)




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