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28/9/2005

La costumbre vive bajo un puntal

Inicio > — josegalindo @ 8:10 pm :: 732

Con sus zapatillas de deporte y sus piernas hinchadas, Maruqui pasa sin miedo por la puerta que separa el pasillo del salón. Pasa sin miedo a pesar de que, justo ahí, en medio de la puerta que separa el pasillo del salón, hay un puntal. Dice que ya se ha acostumbrado a verlo ahí. Hace ya 15 meses que ese puntal y otros seis más sujetan tres estancias de su casa. Cuando se acuesta, antes de cerrar los ojos, ve otros dos. Antes de levantarse, después de abrir los ojos, los vuelve a ver. Pero esa es su casa. Antes era de su madre. Y su madre le enseñó que esa casa era más importante que comer un pedazo de pan.

En julio del año pasado, los bomberos apuntalaron la vivienda de María García, Maruqui, de 77 años. Y apuntalada sigue. Al lado de la finca en la que vive, el número 34 de la calle Teniente Andújar, se rehabilitó un edificio que se terminó en 2003. Quedó nuevo y con un piso más por arriba. Maruqui cree que todos los problemas que tiene ahora su casa vienen de ahí. Todas las grietas, las goteras, los agujeros y los puntales. Se arregló una y se estropeó la de al lado. Eso cree Maruqui.

El resto de la finca tampoco está mucho mejor. La azotea, que da a su techo, está hundida. Los escalones que Maruqui sube y baja despacito están abombados. La escayola salta de las paredes y cae en sus habitaciones. Y la madera de las vigas se está empezando a pudrir. Tampoco tiene electricidad, ni en la cocina ni en el cuarto de baño. Ella vive en el segundo, y sus vecinos de más abajo también padecen las baldosas saltadas y los agujeros.

Pero Maruqui no es la dueña del piso, aunque lleve allí toda su vida. Paga 32 euros por el alquiler. Y no quiere irse. A pesar de que le entre agua cuando llueve. A pesar de los puntales. Porque a ese piso llegaron hace casi 100 años su madre y su abuela. Allí nacieron ella y sus dos hermanos. Y la casa está llena de recuerdos. Hace cuatro años que su marido murió. Vive sola desde entonces. Sus tres hijos y sus seis nietos la visitan a menudo. Ellos sí tienen miedo de los puntales. Por mucho que ella diga que ya está acostumbrada.

Maruqui guarda en una carpeta todos los contratos que ha tenido la vivienda. De 1924, cuando la casa cambió de dueño. De 1953, cuando la renta era de 62,20 pesetas con el alumbrado y el agua incluidos. De 1992, cuando murió su madre y le subrogaron el contrato. Desde entonces, María García, de profesión sus labores, paga religiosamente cada mes. “Mi madre se quedaba sin comer por pagar la casa. Jamás dejó a deber un recibo. Me decía que más vale tener un techo aunque eso cueste quedarte sin pan. Eso fue lo que me enseñó mi madre. Y eso es lo que hago yo". Pagar al Ocaso y los recibos mensuales de 31 euros son sus máximas prioridades.

Eso, y sus clases en la Escuela de Adultos. Por aprender baja todas las tardes las escaleras de su casa agarrada a la barandilla. Y gracias a esas subidas y bajadas ahora sabe leer y escribir. Enseña con orgullo todas las piezas de cerámica que ha hecho con sus propias manos, un cisne para las flores o una bandeja con abetos pintados que decoran el salón de su casa. Con sus zapatillas de deporte, sus piernas hinchadas y un bastón, Maruqui pasea por las calles del casco histórico para no perder clases. “No me voy a sacar el graduado, pero al menos ya sé leer y escribir".

Como tantas mujeres de su edad, desde muy pequeña tuvo que responsabilizarse de su familia. Su madre sí trabajaba, en Tabacalera. Y su padre murió demasiado pronto. “A mi padre lo cogió la guerra, y yo me tuve que hacer cargo de la casa con 12 años". No pudo estudiar más. Pero todavía recuerda cómo su vecina Isabel la cogía de la mano para llevarla a la escuela hasta que tuvo que dedicarse a sus labores.

Cuando se acuerda de su infancia, de sus amigos perdidos, de su familia, es fácil que Maruqui se ponga a llorar de repente. Pero también es fácil arrancarle una carcajada. Se ríe hasta de los puntales. Hasta del temor ajeno a que se le caiga la casa. Hasta de la posibilidad de que se le hunda el suelo bajo sus pies. “No me da miedo, ya estoy acostumbrada. Pero que la arreglen, no vaya a ser que se caiga todo para abajo y me vaya yo a hundir también con todo lo demás". Se ríe aunque los demás se queden sin respiración cuando atraviesa una puerta cruzada con un puntal. Se ríe hasta de sus propias zapatillas de deporte

Publicado por E. Bocanegra (Diario de Cádiz)




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