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9/1/2005

El barrio como contexto político: asociacionismo vecinal, cultura política y personalismos

Inicio > — josegalindo @ 11:39 am :: 108

El barrio es uno de los lugares donde se desarrolla la interacción social más cotidiana, el espacio físico en el que confluyen un variado número de grupos domésticos que comparten una misma zona de la ciudad, porque en ella tienen su casa. En este contexto geográfico y cultural se desarrolla gran parte de la vida de los individuos, constituyendo primordialmente un ámbito de sociabilidad informal (la tienda, la salida del colegio, la plaza, el bar…) en el que las personas que comparten una misma adscripción urbana entran en contacto y se ponen al día de sus alegrías y desgracias. Ocurre que hay veces que dichas alegrías y desgracias afectan a la mayoría de los habitantes de la zona, porque ven como sus hijos deben andar más de lo normal para ir al colegio, porque al no haber plazas ni zonas verdes, o presentar éstas un estado deplorable, no pueden salir a tomar el sol, o porque deben trasladarse a otra zona de la ciudad para recibir asistencia sanitaria cuando cerca de su barrio estaba programado que se construyera un Centro de Salud, o incluso porque aspiran a organizar y compartir su tiempo de ocio con actividades formativas muy diversas. ¿Qué ocurre entonces? ¿Cómo dan solución los vecinos a esos problemas que no depende exclusivamente de ellos?

La fórmula que se ha institucionalizado para articular esas demandas -determinando y explicitando el interés colectivo- es la del asociacionismo vecinal: organizaciones en la mayoría de los casos formales, con sus estatutos, reconocidas legalmente y con sus respectivas juntas directivas que se encargan de organizar la acción de los asociados a distintos niveles, conseguir recursos, y en definitiva a “defender los intereses del barrio". Dichas asociaciones mantienen un sistema asambleario de elección de cargos que las legitima teóricamente como representantes de la colectividad. Surgen numerosos conflictos cuando el barrio no se siente identificado con la labor de la junta directiva de su asociación (personificada en el presidente) o ésta incumple los estatutos no convocando las asambleas pertinentes, dándose el caso de creación de asociaciones paralelas en un mismo barrio.
Estamos pues frente a unos colectivos de articulación formalizada, cuyos integrantes están unidos por unos intereses comunes para la satisfacción de un objetivo básico: mejorar el entorno en el que viven. Este objetivo, tan básico y elemental, es normalmente difícil de satisfacer, debido a que no depende sólo de la voluntad de los vecinos, sino que participa de otros contextos de la vida política local, principalmente el municipal. Este hecho coloca a las asociaciones vecinales en un punto intermedio entre los vecinos a los que representan (el barrio), y las distintas administraciones con las que tienen que relacionarse para alcanzar sus objetivos, es decir, sus intereses pasan a tener una consideración política porque afectan a la esfera de la gestión de lo público en su más amplia concepción. En este sentido, un dirigente vecinal nos manifestaba que “los poderes públicos nos necesitan (a las asociaciones de vecinos) porque extendemos las políticas municipales. Si el Ayuntamiento tuviera que pagar la labor que realizan las asociaciones de vecinos no podría asumir los costes en cuanto a vigilancia, plantación de árboles, mujeres, salud, juventud…además de nuestra labor como detectores de problemas sociales".
Empezando por lo más inmediato, las principales preocupaciones de los vecinos son el mantenimiento del barrio: las calles, el mobiliario urbano, el alumbrado o las zonas verdes, tema típico de las acciones de los primeros años del movimiento vecinal, y que en la actualidad las asociaciones pretenden llevar a todas las esferas de la vida social del barrio, principalmente a los temas relacionados con la salud, a la educación (educación de adultos o exigencias para la instalación de colegios e institutos en sus barrios, formación en general), a problemáticas como la droga, a la seguridad ciudadana, a las movidas nocturnas de los jóvenes, y actividades que potencian la sociabilidad vecinal (organizar fiestas y veladas, cursos formativos, convivencias, excursiones…). Son este tipo de problemas los que en la actualidad catalizan el interés colectivo de los vecinos y los empuja a la acción política.
Cuando pensamos en la política, dirigimos inmediatamente nuestra mirada sobre los elementos formales de ésta, sobre los ámbitos y contextos en los que supuestamente se hace más evidente el comportamiento político dentro de un sistema que pretende normatizarlo y regularlo, pensamos en la autoridad como elemento básico de la política. La sociedad aparece dividida artificialmente en una serie de áreas independientes pero interactuantes; circunstancia que determina esferas económicas, sociales, políticas, ideológicas…, cada una con una especificidad propia, que a su vez delimita ámbitos de comportamiento y acción, propiciando una consideración de la vida social como si de un conjunto de subuniversos articulados se tratase. Una visión analítica como ésta difícilmente podrá aprehender el funcionamiento social en sus aspectos más cotidianos, porque en la cotidianeidad todo aparece entremezclado, difuso. En la acción diaria de individuos y grupos es muy difícil separar lo económico, de lo social o de lo político…
Para liberarnos, en la medida de lo posible, de esta perspectiva compartimentalizada de la sociedad, en vez de la política, preferimos considerar como objeto de estudio a la cultura política, porque desde una consideración omnicomprensiva de los fenómenos políticos quizá podamos acercarnos con más garantía al entendimiento del comportamiento político. Echar mano del concepto cultura adjetivado con política, no es más que intentar cubrir la mayor parte de los contextos y formas del supuesto comportamiento político, huyendo de circunscribirlo o encuadrarlo dentro de límites demasiado artificiales, rastreando lo político en ámbitos que aparentemente no son políticos.
La cultura política, por tanto, hace referencia a los dos elementos fundamentales del supuesto ámbito político: el poder y la colectividad, pero volcándose sobre todos los contextos en los que éstos interactúan. De este modo nos ocupamos de las relaciones de poder, las redes sociopolíticas que articulan a los colectivos, de la sociabilidad y el asociacionismo, de las formas del liderazgo social, de las representaciones discursivas sobre el poder, de los modelos de identificación colectiva…, en definitiva de cualquier acción social que contravenga o sustente el ejercicio del poder sobre un colectivo, sea cual sea su ámbito.
Satisfacer analítica y metodológicamente estos objetivos nos obliga a ocuparnos de los fenómenos políticos desde muy de cerca y no circunscribirnos a los aspectos cuantitativos de éstos, o exclusivamente a los espacios formalizados donde se desarrollan. Al mismo tiempo, debemos prestar atención a los distintos niveles de interacción política: el Estado, la localidad, el barrio, las asociaciones… Por otro lado, la consideración de un colectivo como tal precisa del desarrollo en su seno de un sistema de poder en mayor o menor medida autocentrado, con lo cual no podemos calificar analíticamente como colectivo a cualquier agregado de individuos, sino a aquellos agregados que -formal o informalmente- presenten algún tipo de articulación política interna. Es decir: intereses comunes desarrollados políticamente para su satisfacción.
Desde esta consideración de la cultura política aspiramos a determinar el marco y los modelos de comportamiento político: las vías, contextos, formas y grados en los que los individuos interactúan, teniendo como ejes fundamentales el ejercicio del poder social y sus intereses como parte de un colectivo determinado. No podemos confundir comportamiento político con comportamiento electoral, o con militancia en movimientos, sindicatos o partidos, pues aunque estas circunstancias son incuestionablemente parte del comportamiento político, no son en ninguna medida las formas exclusivas, ni mucho menos más extendidas de ese comportamiento político. Y es que el comportamiento político más importante tiene, curiosamente, como lugar preferente los ámbitos más próximos a la interacción social cotidiana (que paradójicamente aparecen a simple vista como los más opacos).
Ponemos entonces nuestro objetivo sobre la sociedad local como nivel colectivo abarcable para la investigación, y aún dentro de ésta queremos ocuparnos de los niveles más cercanos a la cotidianeidad, por eso prestamos atención a los barrios como conjuntos más o menos definidos de grupos domésticos pertenecientes a distintos sectores sociales, a los que se les dota de cierta entidad administrativa, y comparten cierto grado de intereses comunes, y por tanto, constituyen un nivel susceptible de desarrollo político en sí mismo, claro que considerados dentro de un contexto político mucho más desarrollado formal e institucionalmente como es el municipio. La constitución del barrio como contexto político, y el debate sobre su homogeneidad o heterogeneidad social interna, así como su entidad administrativa, sólo se resuelven a través del análisis propiamente político de su funcionamiento. Evidentemente, todos los niveles políticos en los que participa un individuo están articulados y no tienen una existencia autónoma, sin embargo -teniendo esto en cuenta- pueden ser aislados a los efectos analíticos que nos interesan, porque en última instancia vamos a articular los fenómenos políticos que tienen lugar en el barrio con los que ocurran a niveles más amplios y/o restringidos.
Retomando el hilo, nos interesa trazar el carácter general del comportamiento político desde una óptica cultural que nos situaría -en este caso- al nivel más básico de la articulación colectiva de nuestras ciudades: el barrio. La ciudadana y el ciudadano como vecina/o comparten una serie de intereses colectivos sujetos a la acción del poder social que pudiera configurarse tanto externa como internamente al vecindario, el sistema de poder local actúa como marco-horizonte de nuestra indagación. En el ámbito de los barrios, como zonas urbanas más o menos delimitadas, el vecino/a establece relaciones sociales fuera de la esfera doméstica, y éstas pueden generar un desarrollo político o no articularse en ningún sentido.
El sistema de poder local, con el predominio de un poder municipal que goza de importantes atribuciones y competencias, tiene -al menos en Andalucía- una significación especial para entender la articulación política de los colectivos, el vecino -en cuanto tal- es la base y el último eslabón de un sistema de relaciones socio-políticas que bien nos podrían servir para rastrear la configuración de la cultura política. Aparentemente liberado de las estructuras formales y regladas de la participación política en un estado democrático (partidos, instituciones….), el vecindario en sí es el contexto en el que emerge un comportamiento político “en estado puro", configurando las bases que establecen una cultura, una forma definida y precisa de entender lo político. Por eso nosotros -dentro de una línea de investigación más amplia sobre el poder y la política local- nos sumergimos a este nivel para aproximarnos a una comprensión de las pautas políticas de los andaluces, que a buen seguro se explicitarán y tendrán reflejo posteriormente a esos otros niveles más formalizados y regulados de participación política. Qué duda cabe que esa relación causal no tiene una sola dirección, y que la existencia y desarrollo de esas estructuras políticas formalizadas están también constriñendo y condicionando la acción política a niveles menos formalizados. A todo ello tenemos que prestar igual atención.
Movimiento vecinal, como ámbito político, y asociaciones vecinales, como organizaciones que pretenden encauzar esa participación política de base, son los objetos de estudio que guían en nuestro intento de trazar: formas y motivaciones de participación política, carácter de liderazgos sociales, actividades asociativas, y niveles de interacción entre ámbitos políticos distintos (Ayuntamiento, partidos, otras asociaciones…). En definitiva, la forma que toma la interacción entre poder social e intereses colectivos a nivel de barrio, entendido como potencial movimiento vecinal.
El poder social -que toma carácter político cuando se articula dentro o entre colectivos- tiene su base primera en el control de recursos necesarios para la producción y reproducción social, pero también está anclado a la posibilidad de producir significados sobre lo social; el poder controla pero también produce modelos de representación social, discursos que identifiquen a los colectivos como tales, básicamente como participes de intereses comunes. Esa doble visión del poder -a veces más o menos confluyente- es la que subyace a nuestra visión de los fenómenos políticos.
El interés colectivo, lo que mueve al individuo y/o grupos a la acción política, es por tanto -en su constitución- objeto y sujeto, al mismo tiempo, de la actividad política. Los intereses colectivos son construidos políticamente, y al mismo tiempo son el motor de la acción política; son producto del ejercicio del poder de significar, y en ello los líderes sociales tienen un papel relevante para su conformación y desarrollo. Los colectivos vecinales, a pesar de que generalmente no dispongan de recursos propios de producción y reproducción social como medio de control, tienen en su capacidad de articulación interna un recurso potencial que sólo se activa desde el desarrollo de ese poder de significación, de articular un interés colectivo que ofrezca un marco de acción política común para sus integrantes: de determinar qué es un problema para los vecinos y plantear cómo solucionarlo. Entonces el colectivo se dota de un recurso propio y de capacidad de incidencia autónoma sobre el sistema de poder del que forme parte. En el caso de los sistemas de poder locales, la ciudadanía puede desarrollar un movimiento político de incidencia sobre la política local en virtud de intereses propios que se articulan, en muchas ocasiones, bajo la forma de un movimiento vecinal más o menos formalizado en asociaciones de vecinos.
En sociedades como la nuestra, ese movimiento vecinal es parte del sistema de poder local, pero normalmente en una posición subalterna. Desde las propuestas analíticas de la teoría del régimen , el movimiento vecinal es una vía de penetración, influencia y contacto con la ciudadanía en su ámbito de interacción más cotidiano, configurándose un sistema que conecta, a través de redes sociopolíticas, a los propios ciudadanos -más o menos articulados colectivamente en movimientos coyunturales y/o un sistema asociativo- con las instituciones que gobiernan la ciudad. Las asociaciones de vecinos, y el movimiento vecinal en general, ocupan un espacio bisagra entre esas instituciones políticas, la participación política reglada, y la interacción social cotidiana. Por eso son susceptibles y apetecibles de instrumentación, ya que son capaces tanto de permanecer dormidas sin ninguna significación en el sistema político local, como de generar un movimiento político de notable potencial, capaz de hacer temblar a cualquier institución político-administrativa legitimada.
Llegados hasta aquí cabría pensar que hemos olvidado el aspecto principal de una aproximación al barrio como contexto político: ¿Qué es el barrio? ¿Cuales son sus límites espaciales y sociales? La heterogeneidad interna, creciente en los barrios de las ciudades andaluzas, es manifiesta, ¿nos faculta esa circunstancia para hablar del barrio como contexto político, o precisamente lo invalida? ¿no es más oportuno -y clásico- empezar delimitando social y económicamente a esos colectivos sociales que llamamos vecindario de un barrio y a partir de ahí aproximarnos a su funcionamiento político? Pensamos que el interés que moldea a un agregado de personas como colectivo político no es tanto fruto exclusivo de condicionantes previos, como -en gran medida- una consecuencia de la propia actividad política. Es la labor política de los movimientos y líderes vecinales (sustentada sobre redes de relaciones sociopolíticas articuladas en torno a ellos) la que, apoyada en una división urbanística y administrativa desde fuera y una serie de recursos simbólicos en gran medida internos (límites urbanos y sociales aceptados y reproducidos, verbenas y festividades de barrio…), crea la conciencia de colectivo (Escalera, Ruiz y Valcuende, 1993), en definitiva de “barrio” a efectos políticos. Estos colectivos son indudablemente heterogéneos, pero coyunturalmente se articulan desde el punto de vista político constituyendo el vecindario de un barrio: como colectivo de personas que tienen una práctica política en tanto en cuanto comparten unos intereses comunes y presentan una articulación social propia (por frágil que ésta sea). Se construye así una homogeneidad político-simbólica al compartirse un interés común sobre una más o menos acusada heterogeneidad socioeconómica. Nuestra intención es precisamente invitar a la reflexión sobre esa cultura política que le sirve de base y lo hace posible.
Aquí hemos tomado como base etnográfica el barrio, pero no es difícil comprender que el objeto político principal sigue siendo el mismo a otros niveles colectivos: establecer con nitidez y solidez la comunidad política, un proceso de homogeneización colectiva que justifique un sistema de poder autocentrado, este hecho político se sustenta sobre un modelo de red de relaciones interpersonales y un discurso de identificación colectiva. Desde el barrio hasta el Estado, pasando por la localidad, los diferentes niveles colectivos siguen este mismo esquema, condicionados -lógicamente- por el tamaño y complejidad funcional de los mismos. Cómo y porqué medios preferentes se constituyen los colectivos como tales (como comunidades políticas más o menos estables y sólidas) bien podría ser una forma de penetración en las bases de su cultura política.
De forma resumida encontramos que el movimiento vecinal -potencialmente-plantea la defensa del interés colectivo dentro del sistema de poder local y facilita la construcción de modelos de identificación para el vecindario. El primer recurso para hacerlo es la delegación, la legitimación de liderazgos. La formalización de las relaciones a través de la asociación de vecinos no es más que el marco legal para delegar en la junta directiva la representación del colectivo, y más concretamente en alguno de sus miembros.
A nivel interno cualquier vecino está facultado para introducir en la opinión pública problemáticas específicas que encontrarán o no eco entre la colectividad, pasando a instituirse en problema de barrio, a ese nivel es ya un problema delegado en los representantes, los líderes, que lo fijan y explicitan formalmente para su actividad de mediación ante el sistema de poder local. Sin este proceso de mediación llevado a cabo por los líderes vecinales difícilmente se constituye “en político” cualquier asunto.
El líder vecinal ejerce la delegación en su mediación, como representante del colectivo ante otras instancias. De cara al barrio su posición de prestigio esta cimentada sobre sus redes de relaciones personales, pero es que de cara al exterior también son sus redes personales las que propician un mejor o peor cumplimiento de esa mediación: sus contactos, conocer personalmente a este o aquél cargo político… Los líderes vecinales deben ser accesibles para sus vecinos, pero deben de tener accesibilidad de cara a otros ciudadanos que ocupen una posición preeminente en la política local. Es la accesibilidad cara a cara a las personas y no la estructura de “cargos” lo que sustenta el sistema de articulación y el éxito político.
Al final de la reflexión, resulta que la función del líder, como agente político más activo, y del liderazgo, como fenómeno político más básico, son los elementos más significativos para acercarnos a la configuración de la cultura política. El papel de los líderes -en este caso vecinales- como mediadores del interés colectivo (tanto en su explicitación en un discurso de identificación, como en su actuación representativa dentro del sistema político local), los hace representantes en un doble sentido: representan a los vecinos “hablando en su nombre", sustituyéndolos, y los representan a través de un discurso de identificación que define al colectivo y por tanto a sus problemas y soluciones (Laclau, 1993). Todo ello deriva en un sistema político marcado por el personalismo, que sintetiza todo el carácter de la mediación, la delegación, la representación, el modelo de redes de interacción, que nos sirve para comprender la acción política a nivel del barrio. Los modelos y actividades más asamblearias y participativas constituyen, en la mayoría de las ocasiones, tan sólo una recurso formal de legitimación de los liderazgos, antes que un contexto de debate, reflexión y acción política más amplia, incluso a nivel de vecindario. La forma de comprender y asumir las relaciones personales -todas entendidas en ultima instancia como relaciones de poder- son la base de la cultura política: de participar y contribuir en lo colectivo.
Desde aquí entendemos que la cultura política, desde su base (el barrio tal como lo hemos explicitado), se ancla en el personalismo como recurso primordial de su articulación. El poder, a pesar de las estructuras democratizadoras y participativas, no tiende a dispersarse o difuminarse colectivamente, sino a concentrarse. Nuestro interés al estudiar el asociacionismo vecinal reside -entre otros aspectos- en explorar si estas tendencias se consolidan o difuminan en tanto las oportunidades de participación política se amplían, y sí la acción de las administraciones se convierte en catalizador o bloqueo de este factor central de la cultura política en Andalucía que tiene su reflejo más inmediato en el funcionamiento de las asociaciones vecinales.

Esteban Ruiz Ballesteros
Area de Antropología Social
Universidad Pablo de Olavide




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